domingo, 30 de marzo de 2014

Texto Narrativo.

Tardes lluviosas…

Estaba sentada en el escritorio, con una taza de café en mis manos, oyendo el repiqueteo del agua en los cristales. De vez en cuando pasaba alguien corriendo por delante de mi ventana, debido a la abundante lluvia que caía sin descanso. El viento agitaba los árboles y la noche cubría el cielo antes de lo esperado, llenándolo todo de una oscuridad que dejaba tras de sí sombras con tenebrosas figuras. Mucha gente decía que este tiempo no les gustaba nada, que les ponía triste, que el gris del cielo y los tonos apagados de todo lo que te encontrabas por la calle y sin un alma que la pisase, les deprimía. Sin embargo, a mí, días como estos me recuerdan a cuando estaba con mis abuelos en su casa, en el pueblo. Nos solíamos poner en frente de la chimenea, de manera que notábamos como el calor nos cubría. Era una sensación muy relajante. Siempre me encontraba con un libro entre las manos, dejando volar mi imaginación a la Edad Media, a la época de la guerra, a los calurosos días de verano, en la playa… No había mejor manera de pasar una tarde lluviosa de invierno que en la casa de mis abuelos. Rara vez he vuelto a notar esa sensación. Desde que mis padres se divorciaron y mi madre me trajo a este rincón abandonado, que se hace llamar pueblo  pero no da la sensación de ser ni siquiera una aldea, donde apenas llega la electricidad y el colegio más cercano está a veinte kilómetros. Desde entonces, los días de lluvia se resumen en horas tirada en el sofá, viendo alguna serie de televisión o una película y poco más. Sin embargo le doy vueltas a mis recuerdos para poder revivir esos momentos una y otra vez. Cierro los ojos y vuelvo a oír a mi abuela tocando el piano, la pieza que tanto le gustaba y me la repetía desde pequeña. Sigo centrándome en eso porque no me quiero contagiar de la tristeza general que crea este tipo de días, a mí siempre me traerán buenos recuerdos.


Sara Moreno López

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