jueves, 1 de febrero de 2024

 PEQUEÑO VALS VIENÉS, SILVIA PÉREZ CRUZ



PEQUEÑO VALS VIENÉS


 

 

PEQUEÑO VALS VIENÉS

En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza
1 la muerte
y un bosque de palomas disecadas
2.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha
3.
Hay un salón con mil ventanas.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals
4 con la boca cerrada.

Este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja
5 su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca
6 y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván
7 del lirio8,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada
9 cintura.

En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos
10 por los tejados.
Hay frescas guirnaldas
11 de llanto12.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.
Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals del “Te quiero siempre”.

En Viena bailaré contigo
con un disfraz
13 que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orilla tengo de jacintos
14!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas
15,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.

 

Oda al rey de Harlem

   Con una cuchara

arrancaba los ojos a los cocodrilos

y golpeaba el trasero de los monos.

Con una cuchara.

   Fuego de siempre dormía en los pedernales

y los escarabajos borrachos de anís

olvidaban el musgo de las aldeas.

   Aquel viejo cubierto de setas

iba al sitio donde lloraban los negros

mientras crujía la cuchara del rey

y llegaban los tanques de agua podrida.

   Las rosas huían por los filos

de las últimas curvas del aire,

y en los montones de azafrán

los niños machacaban pequeñas ardillas

con un rubor de frenesí manchado.

   Es preciso cruzar los puentes

y llegar al rubor negro

para que el perfume de pulmón

nos golpee las sienes con su vestido

de caliente piña.

   Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente,

a todos los amigos de la manzana y de la arena,

y es necesario dar con los puños cerrados

a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,

para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,

para que los cocodrilos duerman en largas filas

bajo el amianto de la luna,

y para que nadie dude de la infinita belleza

de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.

   ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!

¡No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,

a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,

a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,

a tu gran rey prisionero con un traje de conserje!

   Tenía la noche una hendidura

y quietas salamandras de marfil.

Las muchachas americanas

llevaban niños y monedas en el vientre

y los muchachos se desmayaban

en la cruz del desperezo.

   Ellos son.

Ellos son los que beben el whisky de plata

junto a los volcanes

y tragan pedacitos de corazón,

por las heladas montañas del oso.

   Aquella noche el rey de Harlem,

con una durísima cuchara

arrancaba los ojos a los cocodrilos

y golpeaba el trasero de los monos.

Con una cuchara.

Los negros lloraban confundidos

entre paraguas y soles de oro,

los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,

y el viento empañaba espejos

y quebraba las venas de los bailarines.

   Negros, Negros, Negros, Negros.

   La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.

No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,

viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes,

bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de Cáncer.

   Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardo,

cielos yertos en declive, donde las colonias de planetas

rueden por las playas con los objetos abandonados.

   Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,

hecha de espartos exprimidos, néctares de subterráneos.

Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella

y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.

   Es la sangre que viene, que vendrá

por los tejados y azoteas, por todas partes,

para quemar la clorofila de las mujeres rubias,

para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos

y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo.

   Hay que huir,

huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos,

porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas

para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse

y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa química.

   Es por el silencio sapientísimo

cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua

las heridas de los millonarios

buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre.

   Un viento sur de madera, oblicuo en el negro fango,

escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros;

un viento sur que lleva

colmillos, girasoles, alfabetos

y una pila de Volta con avispas ahogadas.

   El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta sobre el monóculo

el amor por un solo rostro invisible a flor de piedra.

Médulas y corolas componían sobre las nubes

un desierto de tallos sin una sola rosa.

   A la izquierda, a la derecha, por el Sur y por el Norte,

se levanta el muro impasible

para el topo, la aguja del agua.

No busquéis, negros, su grieta

para hallar la máscara infinita.

Buscad el gran sol del centro

hechos una piña zumbadora.

El sol que se desliza por los bosques

seguro de no encontrar una ninfa,

el sol que destruye números y no ha cruzado nunca un sueño,

el tatuado sol que baja por el río

y muge seguido de caimanes.

   Negros, Negros, Negros, Negros.

   Jamás sierpe, ni cebra, ni mula

palidecieron al morir.

El leñador no sabe cuándo expiran

los clamorosos árboles que corta.

Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey

a que cicutas y cardos y ortigas tumben postreras azoteas.

   Entonces, negros, entonces, entonces,

podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas,

poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas

y danzar al fin, sin duda, mientras las flores erizadas

asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo.

   ¡Ay, Harlem disfrazada!

¡Ay, Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!

Me llega tu rumor,

me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,

a través de láminas grises,

donde flotan tus automóviles cubiertos de dientes,

a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,

a través de tu gran rey desesperado,

cuyas barbas llegan al mar.


 

Poema doble del lago Eden

Nuestro ganado pace, el viento espira.

Garcilaso



   Era mi voz antigua

ignorante de los densos jugos amargos.

La adivino lamiendo mis pies

bajo los frágiles helechos mojados.

   ¡Ay voz antigua de mi amor,

ay voz de mi verdad,

ay voz de mi abierto costado,

cuando todas las rosas manaban de mi lengua

y el césped no conocía la impasible dentadura del caballo!

   Estás aquí bebiendo mi sangre,

bebiendo mi humor de niño pesado,

mientras mis ojos se quiebran en el viento

con el aluminio y las voces de los borrachos.

   Déjame pasar la puerta

donde Eva come hormigas

y Adán fecunda peces deslumbrados.

Déjame pasar hombrecillos de los cuernos

al bosque de los desperezos

y los alegrísimos saltos.

   Yo sé el uso más secreto

que tiene un viejo alfiler oxidado

y sé del horror de unos ojos despiertos

sobre la superficie concreta del plato.

   Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,

quiero mi libertad, mi amor humano

en el rincón más oscuro de la brisa que nadie quiera.

¡Mi amor humano!

   Esos perros marinos se persiguen

y el viento acecha troncos descuidados.

¡Oh voz antigua, quema con tu lengua

esta voz de hojalata y de talco!

   Quiero llorar porque me da la gana

como lloran los niños del último banco,

porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,

pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.

   Quiero llorar diciendo mi nombre,

rosa, niño y abeto a la orilla de este lago,

para decir mi verdad de hombre de sangre

matando en mí la burla y la sugestión del vocablo.

   No, no, yo no pregunto, yo deseo,

voz mía libertada que me lames las manos.

En el laberinto de biombos es mi desnudo el que recibe

la luna de castigo y el reloj encenizado.

   Así hablaba yo.

Así hablaba yo cuando Saturno detuvo los trenes

y la bruma y el Sueño y la Muerte me estaban buscando.

Me estaban buscando

allí donde mugen las vacas que tienen patitas de paje

y allí donde flota mi cuerpo entre los equilibrios contrarios.