martes, 5 de noviembre de 2013

EL CANTAR DE MÍO CID-TIRADAS 150-152



EL CANTAR DE MÍO CID


Este fragmento del poema consta desde la "Tirada 150" hasta la "Tirada 152". Las "tiradas" eran fragmentos en los que los juglares dividían el poema para su posterior relato al público. En estas tiradas se relata desde después de que los Infantes de Carrión violan y maltratan a las hijas del Cid y posterior venganza por parte de este y de sus vasallos hacía los Infantes y el padre de estos, el cuál se entromete. Los vasallos del Cid quisieron luchar por el honor de su señor y terminan ganando a los Infantes de Carrión y al padre de estos. El Cid vuelve a casar a sus hijas, esta vez con hombres de mejor provecho, los Infantes de Navarra y Aragón. Con esta boda el Cid recobra todo su honor que le había sido "arrebatado" por los Infantes de Carrión, y así, concluye el mítico cantar de gesta.


Tirada 150

El rey admira a Babieca, pero no lo acepta en don.
Últimos encargos del Cid a sus tres lidiadores
Tórnase el Cid a Valencia
El rey en Carrión
Llega el plazo de la lid
Los de Carrión pretenden excluir de la lid a Colada y Tizón
Los del Cid piden al rey amparo y salen al campo de la lid
El rey designa fieles del campo y amonesta a los de Carrión
Los fieles preparan la lid
Primera acometida
Pedro Bermúdez vence a Fernando

El Cid entonces espoleó el caballo y le hizo correr tan de firme que todos se maravillaron de aquella carrera.

Don Alfonso alza la mano, la cara se santiguó:
"Por San Isidro lo juro, San Isidro el de León,
que en las tierras de Castilla no hay otro tan buen varón".
Mío Cid en el caballo adelante se llegó,
ha ido a besarle la mano a su buen rey y señor:
"Me mandaste cabalgar Babieca, el buen corredor,
caballo así no le tienen moros ni cristianos, no.
En regalo os le ofrezco, mandad cogerle, señor".
Dijo entonces don Alfonso: "Eso no lo quiero yo,
que si tomo ese caballo no tendrá tan buen señor:
un caballo como éste cumple a un varón como vos,
para derrotar a moros y hacer la persecución.
Al que quitárosle quiera, no le valga el Creador,
por vos y por el caballo, honrado me tengo yo".
Entonces se despidieron y la corte se marchó.
A los que van a luchar el Cid les amonestó.
"Martín Antolínez, Pedro Bermúdez vosotros dos
oíd, tú, Muño Gustioz, mi buen vasallo de pro:
estad firmes en la lucha, como cumple a buen varón,
que buenas noticias vuestras en Valencia tenga yo".
Dijo Martín Antolínez: "¿Por qué lo decís, señor?
Todo queda a nuestro cargo, cumpliremos la misión:
quizá os hablen de muertos, pero de vencidos no"
Mucha alegría le da al que en buenhora nació.
De los que eran sus amigos de todos se despidió.
Para Valencia va el Cid, el rey va para Carrión.
Aquel plazo de las tres semanas ya se cumplió.
A su tiempo se presentan los tres del Campeador,
van a cumplir el encargo que les diera su señor,
los ampara don Alfonso, rey de Castilla y León.
Dos días esperan a los infantes de Carrión;
llegan bien provistos de armas y caballos; con los dos
vienen todos sus parientes y entre todos se acordó
que intenten llevar aparte a los del Campeador
y matarlos en el campo deshonrando a su señor.
Muy mal propósito era, y ninguno lo emprendió
por el miedo que les daba don Alfonso, el de León.
Los del Cid velan las armas y rezan al Creador;
ya se ha pasado la noche y apunta el primer albor;
de ricos hombres allí un buen golpe se juntó,
que quieren ver esta lucha en las vegas de Carrión.
Y el más alto de entre todos, don Alfonso, el de León,
que defenderá el derecho, pero la injusticia no.
Ya se vestían las armas los del buen Campeador,
dispuestos están los tres, que son de un mismo señor.
En otro lugar se armaban los infantes de Carrión,
su pariente Garci Ordóñez muchos consejos les dio.
Tras mucho hablar entre sí, al rey pidieron los dos
que Colada y que Tizona no entren en lucha, y que no
púdiesen lidiar con ellas los del Cid Campeador;
se arrepentían de haberlas devuelto los de Carrión.
Así lo piden al rey; pero no se lo aprobó:
"Allí en la corte ninguna espada se exceptuó.
Bien os servirán las vuestras, si buenas espadas son,
igual servirán las suyas a los del Campeador.
Salid al campo de lucha, infantes de Carrión,
menester es que luchéis como lucha un buen varón,
que no ha de quedar la cosa por los del Campeador.
Si saliereis bien del campo ganaréis un gran honor,
pero si fuereis vencidos no me culpéis a mí, no,
porque todo el mundo sabe que esto buscasteis vos".
Ya se iban arrepintiendo los infantes de su acción,
por deshacerlo darían todo lo que hay en Carrión.
Armados estaba ya los tres del Campeador,
entonces el rey Alfonso a verlos bien se acercó;
oiréis lo que dicen a don Alfonso, el de León:
"Os pedimos al besaros la mano, rey y señor,
que entre nosotros y ellos el fiel juez lo seáis vos,
valednos si es en derecho, pero si es injusto, no.
Aquí tienen su partido los infantes de Carrión,
quien sabe si habrán pensado alguna maquinación.
En vuestras manos, oh rey, nos puso nuestro señor,
defendednos en justicia por amor del Creador".
Dijo el rey: "Así lo haré con alma y con corazón".
Trae los caballos, muy buenos y corredores que son,
las sillas las santiguar, por que los ayude Dios,
al cuello llevan escudos con dorada guarnición
en el centro; empuñan lanzas de buen hierro tajador,
las tres lanzas que sacaron todas llevan su pendón.
Muchos buenos caballeros andan allí alrededor.
Salen al campo que con mojones se señaló.
Estaban ya convenidos los tres del Campeador,
cada cual a un enemigo para atacarle escogió.
Estaban al otro lado los infantes de Carrión;
iban bien acompañados, que mucha familia son.
Nombra el rey jueces que digan lo que es justo y lo que no,
con los que luchan les manda que no tengan discusión.
Cuando estaban en el campo, el rey don Alfonso habló:
"Oíd lo que voy a deciros, infantes de Carrión:
debió esta lucha en Toledo ser, mas no quisisteis vos,
por eso a estos caballeros de Mío Cid Campeador
bajo mi guarda los traje a estas tierras de Carrión.
Luchad conforme a derecho, no queráis la sinrazón,
que si alguien quiere injusticia, para vedarlo estoy yo,
y no le iría muy bien en Castilla ni en León".
¡Que pesarosos estaban los infantes de Carrión!
Con los dos jueces el rey los mojones señaló
que cierran el campo; todos se apartan alrededor.
Bien explicado les queda a todos los seis que son
que está vencido quien salga del campo que se marcó.
La gente despeja el campo, hacia atrás se retiró,
a seis lanzas de distancia de la raya se quedó.
Ya les sortean el campo, ya les partían el sol,
salen los jueces, los bandos frente a frente están los dos.
Arremeten los del Cid contra los tres de Carrión,
arremeten los infantes a los del Campeador.
Cada uno al adversario que le tocaba atendió.
Embrazaban los escudos delante del corazón,
bajan las lanzas, envuelta cada cual en su pendón,
las caras las inclinaron por encima del arpón,
a los caballos los pican con la espuela, y pareció
que todo el suelo temblaba cuando el ataque empezó.
Cada cual en su adversario tiene puesta la atención.
Se juntan los tres del Cid con esos tres de Carrión,
ya los tenían por muertos los que están alrededor.
Ese buen Pedro Bermúdez, el que primero retó
con aquel Fernán González cara a cara se juntó,
los escudos se golpean ambos sin ningún pavor.
El de Carrión a don Pedro su escudo le traspasó,
pero le ha dado en vacío, la carne no le alcanzó,
y por dos sitios el asta de su lanza se quebró.
El golpe aguanta don Pedro, ni siquiera se inclinó,
él ha recibido el golpe, mas con otro contestó.
Por la guarnición del centro el escudo le horadó,
todo lo pasa la lanza, que nada se resistió.
En el pecho se le clava, muy cerca del corazón;
la loriga en tres dobleces lleva puesta el de Carrión,
se rompen los dos primeros, el último resistió,
pero tan fuerte fue el golpe que dio el del Campeador,
que con túnica y camisa la loriga se le entró
en la carne; por la boca mucha sangre le salió.
Se le rompieron las cinchas, ninguna le aprovechó,
y el caballo, por la cola, en tierra le derribó.
Por muerto le da la gente que estaba allí alrededor;
clavada tiene en el cuerpo la lanza; don Pedro echó
mano a la espada, y el otro, que a Tizona conoció,
no espera el golpe y confiesa: "Por vencido me doy yo".
Se lo otorgaron los jueces y don Pedro le dejó.

Tirada 151

Martín Antolínez vence a Diego

Martín y Diego González se acometen con las lanzas,
tan fuertes fueron los golpes que se les quebraron ambas.
El buen Martín Antolínez echa mano de la espada,
todo el campo relumbró, era tan limpia y tan clara.
A su enemigo dio un golpe que de través bien le alcanza,
el casco que lleva encima a un lado le derribaba
y las correas del yelmo del golpe quedan cortadas;
el acero hasta la cofia y la capucha llegaba,
y todo, capucha y cofia, con la espada se lo arranca,
el pelo le va rozando, hasta la carne se entraba,
trozos del yelmo y la cofia por aquel campo rodaban.
Cuando descarga este tajo la tan preciosa Colada
comprende Diego González que con vida no se escapa,
tira riendas al caballo para que vuelva la cara,
la espada lleva en la mano, mas no se atreve a emplearla.
El buen don Martín entonces le arremete con la espada,
un golpe le dio de plano, que de filo no le alcanza.
Allí oyerais al infante las grandes voces que daba:
"Váleme, Señor glorioso, líbrame ya de esta espada".
El caballo refrenó, por escapar de Colada,
fuera del campo le lleva, don Martín dentro quedaba.
"Don Martín, venid acá, el rey Alfonso gritaba,
por todo lo que habéis hecho la lid está bien ganada".
Y aquello que dice el rey los jueces lo confirmaban.

Tirada 152

Muño Gustioz vence a Asur González
El padre de los infantes declara vencida la lid
Los del Cid vuelven cautelosamente a Valencia
Alegría del Cid
Segundos matrimonios de sus hijas
El juglar acaba su poema

Quiero contaros ahora algo de Muño Gustioz,
y con ese Asur González cómo se las arregló.
Muy grandes golpes se dieron en los escudos los dos.
Asur González, que era muy forzudo y de valor,
el escudo le traspasa al buen don Muño Gustioz;
tras de pasarle el escudo la armadura le quebró,
mas no le coge la carne, la lanza en vacío dio.
Cuando este golpe recibe, otro da Muño Gustioz,
por la guarnición del centro el escudo le partió,
no se pudo resguardar, la armadura le rompió,
le hiere a un lado del cuerpo, que no junto al corazón,
por la carne se le ha entrado la lanza con el pendón,
al otro lado del cuerpo más de un palmo le asomó,
un tirón le dio a la lanza, de la silla le movió
y al ir a sacar la lanza en tierra le derribó:
rojos han salido el asta y la punta y el pendón.
Que estaba herido de muerte todo el mundo se creyó:
Muño recobra la lanza y a rematarla marchó,
pero el padre del infante grita: "No le hiráis, por Dios,
vencido ha sido en el campo, esta lucha se acabó".
Los jueces dicen: "Así lo hemos oído los dos".
Que despejaran el campo el rey Alfonso mandó,
las armas que allí quedaron él para si las tomó.
Se van como muy honrados los tres del Campeador,
que ya han ganado esta lucha, por gracia del Creador.
Muy grandes son los pesares por las tierras de Carrión.
A los del Cid que de noche salgan el rey les mandó
para que no les asalten ni tengan ningún temor.
De día y noche marchaban, que muy diligentes son,
ya los tenéis en Valencia con el Cid Campeador:
por malos dejaron a los infantes de Carrión,
bien cumplieron el mandato que les diera su señor.
¡Cuánto se alegra de aquello Mío Cid Campeador!
Envilecidos se quedan los infantes de Carrión.
Quien a damas escarnece y así abandona a traición,
que otro tanto le acontezca o alguna cosa peor.
Pero dejemos ya a esos infantes de Carrión,
muy pesarosos están de sus castigos los dos.
Hablemos ahora de este que en tan buenhora nació.
¡Qué grandes eran los gozos en Valencia la mayor,
por honrados que quedaron los tres del Campeador!
La barba se acariciaba don Rodrigo, su señor:
"Gracias al rey de los cielos mis hijas vengadas son,
ya están limpias de la afrenta esas tierras de Carrión.
Casaré, pese a quien pese, ya sin vergüenza a las dos".
Ya comenzaron los tratos con Navarra y Aragón,
y todos tuvieron junta con Alfonso, el de León.
Sus casamientos hicieron doña Elvira y doña Sol,
los primeros fueron grandes pero éstos son aún mejor,
y a mayor honra se casan que con esos de Carrión.
Ved cómo crece en honores el que en buenhora nació,
que son sus hijas señoras de Navarra y Aragón.
Esos dos reyes de España ya parientes suyos son,
y a todos les toca honra por el Cid Campeador.
Pasó de este mundo el Cid, el que a Valencia ganó:
en días de Pascua ha muerto, Cristo le dé su perdón.
También perdone a nosotros, al justo y al pecador.
Éstas fueron las hazañas de Mío Cid Campeador:
en llegando a este lugar se ha acabado esta canción.




Carlos Montoya Fernández      1ºBACH CTC

Cantar del mio Cid. El cantar de las bodas.


Tirada 99

El rey sale a recibir a los del Cid
Envidia de Garci Ordóñez

Alegre se puso el rey como nunca visteis tanto,
mandó cabalgar a prisa a todos sus fijosdalgo,
y el rey fue de los primeros que montaron a caballo
por recibir los mensajes que le manda el bienhadado.
Los infantes de Carrión también allí se encontraron
y ese conde don García, del Cid enemigo malo.
Aquello a los unos place y a los otros va pesando.
A la vista tienen ya a los del Cid bienhadado,
un ejército parecen, no semejan enviados,
el rey don Alfonso al verlos estábase santiguando.
Minaya y Pedro Bermúdez son los primeros llegados,
los dos echaron pie a tierra, se apean de los caballos.
Delante del rey Alfonso, con los hinojos hincados,
los dos besaron el suelo, los pies al rey le besaron.
"Merced, merced, rey Alfonso señor nuestro tan honrado,
en nombre de Mío Cid este suelo y pies besamos,
a vos tiene por señor, llámase vuestro vasallo.
Mucho aprecia Mío Cid la honra que le habéis dado.
Pocos días ha, señor, que una batalla ha ganado
contra ese rey de Marruecos que rey Yusuf es llamado:
a cincuenta mil guerreros los ha vencido en el campo,
inmensas son las ganancias que en la lucha se sacaron,
en ricos se han convertido allí todos sus vasallos;
estos caballos os manda, rey, y os besa las manos".
Dijo entonces don Alfonso: "Recíbolos de buen grado.
Agradezco a Mío Cid este don que me ha enviado.
Espero que llegue el día en que por mí sea premiado".
Esto a muchos les plació y besáronle las manos.

Al conde García Gómez mucho aquello le ha pesado,
él y diez parientes suyos allí a un lado se apartaron.
"Es maravilla del Cid que su honra crezca tanto;
con la honra que él se gana estamos muy afrentados.
¡Qué fácilmente que vence reyes moros en el campo,
como si estuvieran muertos él les quita sus caballos!
Raro sería si de esto no nos viniera algún daño".

Tirada 100

El rey muéstrase benévolo hacia el Cid

Entonces estas palabras fue el rey Alfonso a decir:
"A Dios y a San Isidoro agradezco este gentil
don de doscientos caballos que me envía Mío Cid.
Mientras que mi reino dure mejor me podrá servir.
A vos, Minaya, y a vos, Bermúdez, que estáis aquí,
mandaré que se os dé ricamente de vestir,
y todas las buenas armas que vos quisiereis pedir,
por que lleguéis más apuestos delante de Mío Cid.
Tres caballos os regalo, podéis cogerlos de aquí.
Contento estoy y ya oigo una voz dentro de mí
que me dice que estas cosas han de parar en buen fin".

Tirada 101

Los infantes de Carrión piensan casar con las hijas del Cid

Ya le besaron las manos y se entran a descansar,
manda el rey darles de aquello de que hayan necesidad.
Ahora de los dos infantes de Carrión os quiero habla;
en pláticas reservadas y misteriosas están.
"La prosperidad del Cid muy para adelante va,
le pediremos sus hijas para con ellas casar,
se crecerá nuestra honra y así podremos medrar".
Y allí con estas razones al rey Alfonso se van.

Tirada 102

Los infantes logran que el rey trate el casamiento
El rey pide vistas con el Cid
Minaya vuelve a Valencia y entera al Cid de todo
El Cid fija el lugar de las vistas

"Esta merced os pedimos, a vos, el rey y señor:
queremos, si esta demanda tiene vuestra aprobación,
que nos pidáis a las hijas de Mío Cid Campeador,
casar queremos con ellas, honra será de los dos".
El rey Alfonso un gran rato meditando se quedó:
"Yo he echado de esta mi tierra al buen Cid Campeador,
trabajé yo por su mal y él por mi bien trabajó,
y no sé si el casamiento querrá aceptármelo o no,
mas ya que vos lo queréis hablemos de la cuestión".
A Álvar Fáñez de Minaya y a Bermúdez, a esos dos
mensajeros de Ruy Díaz, el rey entonces llamó,
y a un aposento cercano con ellos dos se apartó.
"Minaya y Pedro Bermúdez, escuchad esta razón:
Muy bien que me está sirviendo Mío Cid Campeador,
y como él se lo merece le concederé perdón;
que venga a verse conmigo, si gusta, vuestro señor.
Otras novedades hay en esta mi corte, y son
que don Diego y don Fernando, los infantes de Carrión,
con las hijas de Mío Cid quieren casarse los dos.
Llevad vos este mensaje, que así os lo ruego yo,
decídselo de mi parte al buen Cid Campeador.
A honra lo habrá de tomar, que irá ganando en honor,
si por bodas emparienta con infantes de Carrión".
Habla Minaya, a Bermúdez muy bien que le pareció:
"Al Cid se lo rogaremos cual lo habéis mandado vos
y después el Cid que haga lo que tenga por mejor". "
Decid a Rodrigo Díaz el que en buenhora nació
que en sitio que a él le convenga podremos vernos los dos
y en el lugar que designe será nuestra reunión.
En aquello que yo pueda ayudarle quiero yo".
Los mensajeros del Cid al rey le dicen adiós,
y Minaya con los suyos hacia Valencia marchó.
Cuando supo que venía, el buen Cid Campeador
a prisa monta a caballo, a recibirlos salió,
sonreía Mío Cid y mucho los abrazó.
Dijo Rodrigo: "Álvar Fáñez, Pedro Bermúdez, ¿sois vos?
En pocas tierras se encuentran varones como estos dos.
¿Cuáles noticias me manda don Alfonso, mi señor?
¿Está contento de mí? ¿No quiso aceptarme el don?"
Dijo Minaya: "Lo acepta con alma y con corazón.
Muy satisfecho se queda y os vuelve a su favor".
Dijo Mío Cid entonces: "Gracias, gracias, Creador".
Y luego los mensajeros le transmiten la razón
de que le rogaba Alfonso, rey de Castilla y León,
de que a sus hijas las casase con infantes de Carrión,
que con eso habrá de honrarse y de subir en honor;
así lo aconseja el rey con el alma y corazón.
Cuando lo oyó Mío Cid, aquel buen Campeador,
un rato muy dilatado pensativo se quedó:
"Mucho le agradezco esto a Cristo, Nuestro Señor:
echado fui de la tierra, me quitaron el honor,
con gran trabajo gané esto que poseo yo.
Agradezco a Dios que el rey me haya vuelto a su favor
y que me pida mis hijas para los dos de Carrión.
Minaya, Pedro Bermúdez, decidme vosotros dos
de estas bodas proyectadas cuál sea vuestra opinión".
"A nosotros nos parece lo que os parezca a vos".
Dijo el Cid: "De gran linaje vienen esos de Carrión,
andan siempre con la corte, muy orgullosos que son;
estas bodas, en verdad, no me gustarían, no,
pero si el rey lo aconseja, él que vale más que nos,
bien podemos en secreto discutir esa cuestión,
y que Dios el de los cielos nos inspire lo mejor".
"Además de todo esto, Alfonso, vuestro señor,
dijo que querría veros en donde os plazca a vos:
de veros tiene deseo y tornaros su favor,
luego vos decidiréis lo que convenga mejor".
Contestó entonces el Cid: "Pláceme de corazón".
Entonces dijo Minaya: "El rey Alfonso mandó
que el lugar de la entrevista sea escogido por vos".
"Si así lo ordenara el rey, dijo allí el Campeador,
hasta donde él estuviera iría a buscarle yo
para honrarle cual se debe a nuestro rey y señor.
Pero ya que así lo quiere acéptole yo el honor
y a orillas del río Tajo, ese que es río mayor,
podemos entrevistarnos cuando quiera mi señor".
Ya están escritas las cartas, el Cid muy bien las selló;
con dos caballeros suyos a prisa las envió:
lo que quiera el rey Alfonso eso hará el Campeador.

Cantar del Mío Cid - Tirada 1 (Cantar del destierro)

1.

El Cid convoca a sus vasallos; éstos se destierran con él.
Adiós del Cid a Vivar.
(Envió a buscar a todos sus parientes y vasallos, 
y les dijo cómo el rey le mandaba salir de todas sus tierras
y no le daba de plazo más que nueve días y que quería saber
quiénes de ellos querían ir con él y quiénes quedarse.)

A los que conmigo vengan que Dios les dé muy buen pago;
también a los que se quedan contentos quiero dejarlos.
Habló entonces Álvar Fáñez, del Cid era primo hermano:
"Con vos nos iremos, Cid, por yermos y por poblados;
no os hemos de faltar mientras que salud tengamos,
y gastaremos con vos nuestras mulas y caballos
y todos nuestros dineros y los vestidos de paño,
siempre querremos serviros como leales vasallos."
Aprobación dieron todos a lo que ha dicho don Álvaro.
Mucho que agradece el Cid aquello que ellos hablaron.
El Cid sale de Vivar, a Burgos va encaminado,
allí deja sus palacios yermos y desheredados.

Los ojos de Mío Cid mucho llanto van llorando;
hacia atrás vuelve la vista y se quedaba mirándolos.
Vio como estaban las puertas abiertas y sin candados,
vacías quedan las perchas ni con pieles ni con mantos,
sin halcones de cazar y sin azores mudados.
Y habló, como siempre habla, tan justo tan mesurado:
"¡Bendito seas, Dios mío, Padre que estás en lo alto!
Contra mí tramaron esto mis enemigos malvados".

2.

Agüeros en el camino de Burgos

Ya aguijan a los caballos, ya les soltaron las riendas.
Cuando salen de Vivar ven la corneja a la diestra,
pero al ir a entrar en Burgos la llevaban a su izquierda.
Movió Mío Cid los hombros y sacudió la cabeza:
"¡Ánimo, Álvar Fáñez, ánimo, de nuestra tierra nos echan,
pero cargados de honra hemos de volver a ella! "

3.

El Cid entra en Burgos

Ya por la ciudad de Burgos el Cid Ruy Díaz entró.
Sesenta pendones lleva detrás el Campeador.
Todos salían a verle, niño, mujer y varón,
a las ventanas de Burgos mucha gente se asomó.
¡Cuántos ojos que lloraban de grande que era el dolor!
Y de los labios de todos sale la misma razón:
"¡Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor!"

4.

Nadie hospeda al Cid.
Sólo una niña le dirige la palabra para mandarle alejarse.
El Cid se ve obligado a acampar fuera de la población, en la glera.

De grado le albergarían, pero ninguno lo osaba,
que a Ruy Díaz de Vivar le tiene el rey mucha saña.
La noche pasada a Burgos llevaron una real carta
con severas prevenciones y fuertemente sellada
mandando que a Mío Cid nadie le diese posada,
que si alguno se la da sepa lo que le esperaba:
sus haberes perdería, más los ojos de la cara,
y además se perdería salvación de cuerpo y alma.
Gran dolor tienen en Burgos todas las gentes cristianas
de Mío Cid se escondían: no pueden decirle nada.
Se dirige Mío Cid adonde siempre paraba;
cuando a la puerta llegó se la encuentra bien cerrada.
Por miedo del rey Alfonso acordaron los de casa
que como el Cid no la rompa no se la abrirán por nada.
La gente de Mío Cid a grandes voces llamaba,
los de dentro no querían contestar una palabra.
Mío Cid picó el caballo, a la puerta se acercaba,
el pie sacó del estribo, y con él gran golpe daba,
pero no se abrió la puerta, que estaba muy bien cerrada.
La niña de nueve años muy cerca del Cid se para:
"Campeador que en bendita hora ceñiste la espada,
el rey lo ha vedado, anoche a Burgos llegó su carta,
con severas prevenciones y fuertemente sellada.
No nos atrevemos, Cid, a darte asilo por nada,
porque si no perderíamos los haberes y las casas,
perderíamos también los ojos de nuestras caras.
Cid, en el mal de nosotros vos no vais ganando nada.
Seguid y que os proteja Dios con sus virtudes santas."
Esto le dijo la niña y se volvió hacia su casa.
Bien claro ha visto Ruy Díaz que del rey no espere gracia.
De allí se aparta, por Burgos a buen paso atravesaba,
a Santa María llega, del caballo descabalga,
las rodillas hinca en tierra y de corazón rogaba.
Cuando acabó su oración el Cid otra vez cabalga,
de las murallas salió, el río Arlanzón cruzaba.
Junto a Burgos, esa villa, en el arenal posaba,
las tiendas mandó plantar y del caballo se baja.
Mío Cid el de Vivar que en buen hora ciñó espada
en un arenal posó, que nadie le abre su casa.
Pero en torno suyo hay guerreros que le acompañan.
Así acampó Mío Cid cual si anduviera en montaña.
Prohibido tiene el rey que en Burgos le vendan nada
de todas aquellas cosas que le sirvan de vianda.
No se atreven a venderle ni la ración más menguada.

5.

Martín Antolínez viene de Burgos a proveer de víveres al Cid.

El buen Martín Antolínez, aquel burgalés cumplido,
a Mío Cid y a los suyos los surte de pan y vino;
no lo compró, que lo trajo de lo que tenía él mismo;
comida también les dio que comer en el camino.
Muy contento que se puso el Campeador cumplido
y los demás caballeros que marchan a su servicio.
Habló Martín Antolínez, escuchad bien lo que ha dicho:
"Mío Cid Campeador que en tan buen hora ha nacido,
descansemos esta noche y mañana ¡de camino!
porque he de ser acusado, Cid, por haberos servido
y en la cólera del rey también me veré metido.
Si logro escapar con vos, Campeador, sano y vivo,
el rey más tarde o temprano me ha de querer por amigo;
las cosas que aquí me dejo en muy poco las estimo."

domingo, 3 de noviembre de 2013

Comienzo del Cantar de Mío Cid.

El Cantar de Mio Cid constituye la primera gran obra de la literatura española escrita en una lengua romance. Compuesto por versos anisosilábicos de asonancia monorrima, este cantar de gesta relata las hazañas heroicas inspiradas libremente en los últimos años de la vida del caballero castellano Rodrigo Díaz, el Campeador. Se trata de una obra anónima, aunque los especialistas creen que fue escrita por Per Abbat en torno al año 1207. Del Cantar de Mio Cid se ha dicho que es el bello pórtico de nuestra literatura medieval.
Aquí dejo el comienzo de este cantar de gesta en la lengua que estaba escrito.

EL MÍO CID


CANTAR I


1.

De los sos ojos tan fuerte mientre lorando
tornava la cabeça y estava los catando.
Vio puertas abiertas e uços sin cañados,
alcandaras vazias sin pielles e sin mantos
e sin falcones e sin adtores mudados.

Sospiro mio Çid ca mucho avie grandes cuidados.
Ffablo mio Çid bien e tan mesurado:
"¡Grado a ti, señor, padre que estas en alto!
¡Esto me an buelto mios enemigos malos!"
Alli pienssan de aguijar, alli sueltan las riendas.


2

A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra
y entrando a Burgos ovieron la siniestra.
Meçio mio Çid los ombros y engrameo la tiesta:
"¡Albriçia, Albar Ffañez, ca echados somos de tierra!"


3

Mio Çid Ruy Diaz por Burgos entrava,
en su compaña lx. pendones levava.
Exien lo ver mugieres e varones,
burgeses e burgesas por las finiestras son,
plorando de los ojos tanto avien el dolor.
De las sus bocas todos dizian una razon:
"¡Dios, que buen vassalo! ¡Si oviesse buen señor!"


4

Conbidar le ien de grado mas ninguno non osava;
el rey don Alfonsso tanto avie la grand saña,
antes de la noche en Burgos del entro su carta
con grand recabdo e fuerte mientre sellada,
que a mio Çid Ruy Diaz que nadi nol diesse¡n¿ posada,
e aquel que gela diesse sopiesse ?vera palabra?
que perderie los averes e mas los ojos de la cara
e aun demas los cuerpos e las almas.

Grande duelo avien las yentes christianas;
asconden se de mio Çid ca nol osan dezir nada.
El Campeador adeliño a su posada;
asi commo lego a la puerta falola bien çerrada
por miedo del rey Alfonsso que assi lo avien parado
que si non la quebrantas por fuerça que non gela abriese nadi.
Los de mio Çid a altas vozes laman,
los de dentro non les querien tornar palabra.

Aguijo mio Çid, a la puerta se legava,
saco el pie del estribera, una feridal dava;
non se abre la puerta ca bien era çerrada.
Una niña de nuef años a ojo se parava:

"¡Ya Campeador, en buen ora çinxiestes espada!
El rey lo ha vedado, anoch del entro su carta
con grant recabdo e fuerte mientre sellada.
Non vos osariemos abrir nin coger por nada;
si non, perderiemos los averes e las casas
e demas los ojos de las caras.
Çid, en el nuestro mal vos non ganades nada;
mas ¡el Criador vos vala con todas sus vertudes santas!"

Esto la niña dixo e tornos pora su casa.
Ya lo vee el Çid que del rey non avie graçia.
Partios de la puerta, por Burgos aguijava,
lego a Santa Maria, luego descavalga,
finco los inojos, de coraçon rogava.
La oraçion fecha luego cavalgava;
salio por la puerta e en Arlançon pasava.

Cabo essa villa en la glera posava,
fincava la tienda e luego descavalgava.
Mio Çid Ruy Diaz el que en buen ora çinxo espada
poso en la glera quando nol coge nadi en casa,
derredor del una buena conpaña.
Assi poso mio Çid commo si fuesse en montaña.

Vedada l'an compra dentro en Burgos la casa
de todas cosas quantas son de vianda;
non le osarien vender al menos dinarada.


5

Martin Antolinez el burgales complido
a mio Çid e a los suyos abastales de pan e de vino;
non lo conpra, ca el selo avie consigo;
de todo conducho bien los ovo bastidos.

Pagos mio Çid el Campeador conplido
e todos los otros que van a so çervicio.
Fablo Martin Antolinez, odredes la que a dicho:
"¡Ya Canpeador en buen ora fuestes naçido!

Esta noch y[a]gamose vayamos nos al matino,
ca acusado sere de lo que vos he servido;
en ira del rey Alfonsso yo sere metido.
Si con vusco escapo sano o bivo
aun çerca o tarde el rey querer me ha por amigo;
si non, quanto dexo ¡no lo preçio un figo!"