miércoles, 2 de abril de 2014

Alicia en el País de las Maravillas

Capítulo 7 - UN TÉ DE LOCOS

Habían puesto la mesa debajo de un árbol, delante de la casa, y la Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té. Sentado entre ellos había un Lirón, que dormía profundamente, y los otros dos lo hacían servir de almohada, apoyando los codos sobre él, y hablando por encima de su cabeza. «Muy incómodo para el Lirón», pensó Alicia. «Pero como está dormido, supongo que no le importa.»
La mesa era muy grande, pero los tres se apretujaban muy juntos en uno de los extremos.
--¡No hay sitio! --se pusieron a gritar, cuando vieron que se acercaba Alicia.
--¡Hay un montón de sitio! --protestó Alicia indignada, y se sentó en un gran sillón a un extremo de la mesa.
--Toma un poco de vino --la animó la Liebre de Marzo.
Alicia miró por toda la mesa, pero allí sólo había té.
--No veo ni rastro de vino --observó.
--Claro. No lo hay --dijo la Liebre de Marzo.
--En tal caso, no es muy correcto por su parte andar ofreciéndolo --dijo Alicia enfadada.
--Tampoco es muy correcto por tu parte sentarte con nosotros sin haber sido invitada --dijo la Liebre de Marzo.
--No sabía que la mesa era suya --dijo Alicia--. Está puesta para muchas más de tres personas.
--Necesitas un buen corte de pelo --dijo el Sombrerero.
Había estado observando a Alicia con mucha curiosidad, y estas eran sus primeras palabras.
--Debería aprender usted a no hacer observaciones tan personales --dijo Alicia con acritud--. Es de muy mala educación.
Al oír esto, el Sombrerero abrió unos ojos como naranjas, pero lo único que dijo fue:
--¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?
«¡Vaya, parece que nos vamos a divertir!», pensó Alicia. «Me encanta que hayan empezado a jugar a las adivinanzas.» Y añadió en voz alta:
--Creo que sé la solución.
--¿Quieres decir que crees que puedes encontrar la solución? --preguntó la Liebre de Marzo.
--Exactamente --contestó Alicia.
--Entonces debes decir lo que piensas --siguió la Liebre de Marzo.
--Ya lo hago --se apresuró a replicar Alicia-. O al menos... al menos pienso lo que digo... Viene a ser lo mismo, ¿no?
--¿Lo mismo? ¡De ninguna manera! --dijo el Sombrerero-. ¡En tal caso, sería lo mismo decir «veo lo que como» que «como lo que veo»!
--¡Y sería lo mismo decir --añadió la Liebre de Marzo- «me gusta lo que tengo» que «tengo lo que me gusta»!
--¡Y sería lo mismo decir --añadió el Lirón, que parecía hablar en medio de sus sueños- «respiro cuando duermo» que «duermo cuando respiro»!
--Es lo mismo en tu caso --dijo el Sombrerero.
Y aquí la conversación se interrumpió, y el pequeño grupo se mantuvo en silencio unos instantes, mientras Alicia intentaba recordar todo lo que sabía de cuervos y de escritorios, que no era demasiado.
El Sombrerero fue el primero en romper el silencio.
--¿Qué día del mes es hoy? --preguntó, dirigiéndose a Alicia.
Se había sacado el reloj del bolsillo, y lo miraba con ansiedad, propinándole violentas sacudidas y llevándoselo una y otra vez al oído.
Alicia reflexionó unos instantes.
--Es dia cuatro dijo por fin.
--¡Dos días de error! --se lamentó el Sombrerero, y, dirigiéndose amargamente a la Liebre de Marzo, añadio--: ¡Ya te dije que la mantequilla no le sentaria bien a la maquinaria!
--Era mantequilla de la mejor --replicó la Liebre muy compungida.
--Sí, pero se habrán metido también algunas migajas --gruñó el Sombrerero--. No debiste utilizar el cuchillo del pan.
La Liebre de Marzo cogió el reloj y lo miró con aire melancólico: después lo sumergió en su taza de té, y lo miró de nuevo. Pero no se le ocurrió nada mejor que decir y repitió su primera observación:
--Era mantequilla de la mejor, sabes.
Alicia había estado mirando por encima del hombro de la Liebre con bastante curiosidad.
--¡Qué reloj más raro! --exclamó--. ¡Señala el día del mes, y no señala la hora que es!
--¿Y por qué habría de hacerlo? --rezongó el Sombrerero--. ¿Señala tu reloj el año en que estamos?
--Claro que no --reconoció Alicia con prontitud--. Pero esto es porque está tanto tiempo dentro del mismo año.
--Que es precisamente lo que le pasa al mio --dijo el Sombrerero.
Alicia quedó completamente desconcertada. Las palabras del Sombrerero no parecían tener el menor sentido.
--No acabo de comprender --dijo, tan amablemente como pudo.
--El Lirón se ha vuelto a dormir -dijo el Sombrerero, y le echó un poco de té caliente en el hocico.
El Lirón sacudió la cabeza con impaciencia, y dijo, sin abrir los ojos:
--Claro que sí, claro que sí. Es justamente lo que yo iba a decir.
--¿Has encontrado la solución a la adivinanza? --preguntó el Sombrerero, dirigiéndose de nuevo a Alicia.
--No. Me doy por vencida. ¿Cuál es la solución?
--No tengo la menor idea -dijo el Sombrerero.
--Ni yo --dijo la Liebre de Marzo.
Alicia suspiró fastidiada.
--Creo que ustedes podrían encontrar mejor manera de matar el tiempo
--dijo-- que ir proponiendo adivinanzas sin solución.
--Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo --dijo el Sombrerero--, no hablarías de matarlo. ¡El Tiempo es todo un personaje!
--No sé lo que usted quiere decir --protestó Alicia.
--¡Claro que no lo sabes! --dijo el Sombrerero, arrugando la nariz en un gesto de desprecio--. ¡Estoy seguro de que ni siquiera has hablado nunca con el Tiempo!
--Creo que no --respondió Alicia con cautela--. Pero en la clase de música tengo que marcar el tiempo con palmadas.
--¡Ah, eso lo explica todo! --dijo el Sombrerero--. El Tiempo no tolera que le den palmadas. En cambio, si estuvieras en buenas relaciones con él, haría todo lo que tú quisieras con el reloj. Por ejemplo, supón que son las nueve de la mañana, justo la hora de empezar las clases, pues no tendrías más que susurrarle al Tiempo tu deseo y el Tiempo en un abrir y cerrar de ojos haría girar las agujas de tu reloj. ¡La una y media! ¡Hora de comer!
(«¡Cómo me gustaría que lo fuera ahora!», se dijo la Liebre de Marzo para sí en un susurro.)
--Sería estupendo, desde luego --admitió Alicia, pensativa--. Pero entonces todavía no tendría hambre, ¿no le parece?
--Quizá no tuvieras hambre al principio --dijo el Sombrerero--. Pero es que podrías hacer que siguiera siendo la una y media todo el rato que tú quisieras.
--¿Es esto lo que ustedes hacen con el Tiempo? --preguntó Alicia.
El Sombrerero movió la cabeza con pesar.
--¡Yo no! --contestó--. Nos peleamos el pasado marzo, justo antes de que ésta se volviera loca, sabes (y señaló con la cucharilla hacia la Liebre de Marzo).
--¿Ah, si?-- preguntó Alicia interesada.
--Si. Sucedió durante el gran concierto que ofreció la Reina de Corazones, y en el que me tocó cantar a mí.
--¿Y que cantaste?-- preguntó Alicia.
--Pues canté:
"Brilla, brilla, ratita alada,
¿En que estás tan atareada"?
"Por sobre el Universo vas volando,
con una bandeja de teteras llevando.
Brilla, brilla..."

--Porque esa canción la conocerás, ¿no?
--Quizá me suene de algo, pero no estoy segura-- dijo Alicia.
--Tiene más estrofas --siguió el Sombrerero--. Por ejemplo:
Al Ilegar a este punto, el Lirón se estremeció y empezó a canturrear en sueños: «brilla, brilla, brilla, brilla... », y estuvo así tanto rato que tuvieron que darle un buen pellizco para que se callara.
--Bueno --siguió contando su historia el Sombrerero--. Lo cierto es que apenas había terminado yo la primera estrofa, cuando la Reina se puso a gritar: «¡Vaya forma estúpida de matar el tiempo! ¡Que le corten la cabeza!»
--¡Qué barbaridad! ¡Vaya fiera! --exclamó Alicia.
--Y desde entonces --añadió el Sombrerero con una voz tristísima--, el Tiempo cree que quise matarlo y no quiere hacer nada por mí. Ahora son siempre las seis de la tarde.
Alicia comprendió de repente todo lo que allí ocurria.
--¿Es ésta ia razón de que haya tantos servicios de té encima de la mesa? --preguntó.
--Sí, ésta es la razón --dijo el Sombrerero con un suspiro--. Siempre es la hora del té, y no tenemos tiempo de lavar la vajilla entre té y té.
--¿Y lo que hacen es ir dando la vuelta? a la mesa, verdad? --preguntó Alicia.
--Exactamente --admitió el Sombrerero--, a medida que vamos ensuciando las tazas.
--Pero, ¿qué pasa cuando llegan de nuevo al principio de la mesa? --se atrevió a preguntar Alicia.
--¿Y si cambiáramos de conversación? --los interrumpió la Liebre de Marzo con un bostezo--. Estoy harta de todo este asunto. Propongo que esta señorita nos cuente un cuento.
--Mucho me temo que no sé ninguno --se apresuró a decir Alicia, muy alarmada ante esta proposición.
--¡Pues que lo haga el Lirón! --exclamaron el Sombrerero y la Liebre de Marzo--. ¡Despierta, Lirón!
Y empezaron a darle pellizcos uno por cada lado.
El Lirón abrió lentamente los ojos.
--No estaba dormido --aseguró con voz ronca y débil--. He estado escuchando todo lo que decíais, amigos.
--¡Cuéntanos un cuento! --dijo la Liebre de Marzo.
--¡Sí, por favor! --imploró Alicia.
--Y date prisa --añadió el Sombrerero--. No vayas a dormirte otra vez antes de terminar.
--Había una vez tres hermanitas empezó apresuradamente el Lirón--, y se llamaban Elsie, Lacie y Tilie, y vivían en el fondo de un pozo...
--¿Y de qué se alimentaban? --preguntó Alicia, que siempre se interesaba mucho por todo lo que fuera comer y beber.
--Se alimentaban de melaza --contestó el Lirón, después de reflexionar unos segundos.
--No pueden haberse alimentado de melaza, sabe --observó Alicia con amabilidad--. Se habrían puesto enfermísimas.
--Y así fue --dijo el Lirón--. Se pusieron de lo más enfermísimas.
Alicia hizo un esfuerzo por imaginar lo que sería vivir de una forma tan extraordinaria, pero no lo veía ni pizca claro, de modo que siguió preguntando:
--Pero, ¿por qué vivían en el fondo de un pozo?
--Toma un poco más de té --ofreció solícita la Liebre de Marzo.
--Hasta ahora no he tomado nada --protestó Alicia en tono ofendido--, de modo que no puedo tomar más.
--Quieres decir que no puedes tomar menos --puntualizó el Sombrerero--. Es mucho más fácil tomar más que nada.
--Nadie le pedía su opinión --dijo Alicia.
--¿Quién está haciendo ahora observaciones personales? --preguntó el Sombrerero en tono triunfal.
Alicia no supo qué contestar a esto. Así pues, optó por servirse un poco de té y pan con mantequilla. Y después, se volvió hacia el Lirón y le repitió la misma pregunta: --¿Por qué vivían en el fondo de un pozo?
El Lirón se pusa a cavilar de nuevo durante uno o dos minutos, y entonces dijo:
--Era un pozo de melaza.
--¡No existe tal cosa!
Alicia había hablado con energía, pero el Sombrerero y la Liebre de Marzo la hicieron callar con sus «¡Chst! ¡Chst!», mientras el Lirón rezongaba indignado:
--Si no sabes comportarte con educación, mejor será que termines tú el cuento.
--No, por favor, ¡continúe! --dijo Alicia en tono humilde--. No volveré a interrumpirle. Puede que en efecto exista uno de estos pozos.
--¡Claro que existe uno! -exclamó el Lirón indignado. Pero, sin embargo, estuvo dispuesto a seguir con el cuento--. Asi pues, nuestras tres hermanitas... estaban aprendiendo a dibujar, sacando...
--¿Qué sacaban? --preguntó Alicia, que ya había olvidado su promesa.
--Melaza --contestó el Lirón, sin tomarse esta vez tiempo para reflexionar.
--Quiero una taza limpia --les interrumpió el Sombrerero--. Corrámonos todos un sitio.
Se cambió de silla mientras hablaba, y el Lirón le siguió: la Liebre de Marzo pasó a ocupar el sitio del Lirón, y Alicia ocupó a regañadientes el asiento de la Liebre de Marzo. El Sombrerero era el único que salía ganando con el cambio, y Alicia estaba bastante peor que antes, porque la Liebre de Marzo acababa de derramar la leche dentro de su plato.
Alicia no quería ofender otra vez al Lirón, de modo que empezó a hablar con mucha prudencia:
--Pero es que no lo entiendo. ¿De donde sacaban la melaza?
--Uno puede sacar agua de un pozo de agua --dijo el Sombrerero--, ¿por qué no va a poder sacar melaza de un pozo de melaza? ¡No seas estúpida!
--Pero es que ellas estaban dentro, bien adentro --le dijo Alicia al Lirón, no queriéndose dar por enterada de las últimas palabras del Sombrerero.
--Claro que lo estaban --dijo el Lirón--. Estaban de lo más requetebién.
Alicia quedó tan confundida al ver que el Lirón había entendido algo distinto a lo que ella quería decir, que no volvió a interrumpirle durante un ratito.
--Nuestras tres hermanitas estaban aprendiendo, pues, a dibujar --siguió el Lirón, bostezando y frotándose los ojos, porque le estaba entrando un sueño terrible--, y dibujaban todo tipo de cosas... todo lo que empieza con la letra M...
--¿Por qué con la M? --preguntó Alicia.
--¿Y por qué no? --preguntó la Liebre de Marzo.
Alicia guardó silencio.
Para entonces, el Lirón había cerrado los ojos y empezaba a cabecear. Pero, con los pellizcos del Sombrerero, se despertó de nuevo, soltó un gritito y siguió la narración: --... lo que empieza con la letra M, como matarratas, mundo, memoria y mucho... muy, en fín todas esas cosas. Mucho, digo, porque ya sabes, como cuando se dice "un mucho más que un menos". ¿Habéis visto alguna vez el dibujo de un «mucho»?
--Ahora que usted me lo pregunta --dijo Alicia, que se sentía terriblemente confusa--, debo reconocer que yo no pienso...
--¡Pues si no piensas, cállate! --la interrumpió el Sombrerero.
Esta última grosería era más de lo que Alicia podía soportar: se levantó muy disgustada y se alejó de allí. El Lirón cayó dormido en el acto, y ninguno de los otros dio la menor muestra de haber advertido su marcha, aunque Alicia miró una o dos veces hacia atrás, casi esperando que la llamaran. La última vez que los vio estaban intentando meter al Lirón dentro de la tetera.
--¡Por nada del mundo volveré a poner los pies en ese lugar! --se dijo Alicia, mientras se adentraba en el bosque--. ¡Es la merienda más estúpida a la que he asistido en toda mi vida!
Mientras decía estas palabras, descubrió que uno de los árboles tenía una puerta en el tronco.
--¡Qué extraño! --pensó--. Pero todo es extraño hoy. Creo que lo mejor será que entre en seguida.
Y entró en el árbol.
Una vez más se encontró en el gran vestíbulo, muy cerca de la mesita de cristal. «Esta vez haré las cosas mucho mejor», se dijo a sí misma. Y empezó por coger la llavecita de oro y abrir la puerta que daba al jardín. Entonces se puso a mordisquear cuidadosamente la seta (se había guardado un pedazo en el bolsillo), hasta que midió poco más de un palmo. Entonces se adentró por el estrecho pasadizo. Y entonces... entonces estuvo por fin en el maravilloso jardín, entre las flores multicolores y las frescas fuentes.


Autor:  Lewis Carrol. Realmente llamado  Charles Lutwidge Dodgson, nació en Daresbury, Cheshire el 27 de enero del año  1832 fué diácono anglicano, lógico, matemático, muy buwn fotógrafo y escritor, especialmente conocido por su obra Alicia en el País de las Maravillas y su secuela, Alicia a través del espejo.

Se trata de un narrador omnisciente en tercera persona, se centra en Alicia, la protagonista, y conoce sus pensamientos y sentimientos.

Personajes: En éste capítulo toman parte la Liebre de Marzo, el Sombrerero, el Lirón y Alicia.
La protagonista, ya mencionada, es Alicia y los demás adquieren el papel de personajes secundarios.

Argumento: Alicia llega al jardín de la casa de la Liebre de Marzo y se encuentra a ésta con el Sombrero y el Lirón, los tres apiñados en una esquina de una gran mesa toman el té, Alicia se une y comienzan a hablar todos, el Sombrerero cuenta el por qué de que ahora siempre sea la hora del té, y es que se peleó con el Tiempo el pasado Marzo, después el Lirón cuenta un cuento pero Alicia, que es muy curiosa y no para de preguntar se ofende y se marcha a una sala, a la cuál llega al principio del cuento.

Tema: La locura.

Espacio: El jardín de la casa de la Liebre de Marzo.

Estructura formal: La novela completa está organizada en capítulos numerados y con título.

Estructura del contenido: 
Narración abierta, pues el fin de éste capítulo no contiene un hecho importante tras el cuál todo cambie, le prosiguen otros capítulos de manera normal.
Los hechos se suceden cronológicamente por lo tanto es una estructura continua y lineal; éste capítulo comienza con el planteamiento en que Alicia llega a la casa y conoce a los otros tres personajes, después en el nudo se muestran una serie de historias que cuentan distintos personajes y tras éste el desenlace, en que Alicia decide abandonarlos y ir a la sala.

Estilo narrativo: Es estilo directo: ¡Pues si no piensas, cállate! --la interrumpió el Sombrerero.

Formas verbales: Verbos en pretérito perfecto simple generalmente, aunque a veces encontramos pertérito imperfecto: la Liebre de Marzo acababa de derramar la leche .

Ainhoa Esteve Alcaraz 1ºCTC





Futuro efímero. Texto narrativo propio.


Había llegado la hora. Tras haber estado años juntos, era el momento de que cada uno cogiese su propio camino para ir formando su futuro.
Tras la graduación, los exámenes, celebraciones y largas noches de flexo solo había silencio.
Las últimas tardes de verano quedé con mi grupo de amigos pero, indudablemente, algo estaba cambiando, ya no era lo mismo.
Quizá sabíamos lo que nos esperaba, que nuestro tiempo juntos estaba acabando.
Yo, la verdad, estaba más indeciso que nunca. La nota me había dado justa para poder estudiar medicina en Albacete pero, ¿qué debía hacer?.
Todos sabían que medicina me gustaba, pero que con arte disfrutaba mucho más, podía expresarme como no podía hacerlo con cualquier otra cosa.
Rocío me apoyó en todo momento. 

- ¡Déjate llevar por impulsos aunque sea una vez! Harás lo correcto. - me decía.

Y así hice. Tras largos meses de desesperación para conseguir la nota, dejé mis pensamientos sobre pediatría apartados y decidí comentarle a mis padres lo de ir a estudiar a Sevilla. 
No me dijeron nada, sabían que era lo que de verdad quería a pesar de que pagarme residencia y gastos allí iba a suponerles un esfuerzo.
Pues bien, así fue como en aquel verano comencé a poner las primeras piezas del puzzle de mi futuro.
En agosto, Sofía y Rocío me acompañaron a Sevilla unos días para ver la universidad. Todo me parecía tan inmenso y desconocido que no sabía como iba a ser vivir allí alejado de mi familia y amigos.
Finalmente, acabó el verano. La última tarde que vi a mis amigos fue de todo menos alegre. Amarga, triste, sincera... Nos despedimos sabiendo que iban a pasar meses para volver a vernos y de alguna manera también, nos deseamos suerte en el abrazo que nos dimos.
Los primeros días allí fueron muy oscuros. Estaba solo, no conocía a nadie. El piso donde viviría una larga temporada estaba en un barrio tradicional, Triana. Recuerdo que todas las tardes me iba a la orilla del Guadalquivir a contemplar como se hacía de noche sentado frente al puente.
Pero un día cambió todo. Iba camino a casa tras salir de la escuela y ya casi llegando, en una calle larga me choqué con una joven.

- ¡Perdón! - le dije mientras me ruborizaba.
- Tranquilo, no te preocupes. - me contestó esbozando una leve sonrisa.

No sé por que, pero en ese segundo me sentí un poco menos solo en aquella ciudad.
Esa noche salí con mis compañeros de clase y fuimos a tomar algo. Y dio la casualidad de que volví a verla.

- ¡Hombre! ¿Tú otra vez? Ten cuidado no me vayas a volver a empujar, a una dama hay que tratarla con mimo. - me dijo en tono burlón.
- Perdone señorita, no fue mi intención molestarla.- le contesté riéndome.
- Tranquilo, no fue para tanto. - dijo.
- Pero bueno, ¡aun encima creída! - le dije riéndome y le volví a dar un pequeño empujón.
- Jajajaja, ya está bien, al final acabaremos haciéndonos daño. Por cierto, soy Esperanza, encantada. - me dijo sonriendo.
Esperanza, ¡qué bien suena!- pensé para mi mismo.

Y bueno, a partir de esa noche, comenzamos a ser amigos. Nos dimos el teléfono y empezamos a hablar por mensajes.
El primer mes fue muy extraño pero, acabamos siendo más que amigos. Encontré la parte que me complementaba.
El tiempo fue pasando y ella se convirtió en la persona en la que confiar y contarte todo. Al fin y al cabo, me ayudó a llevar mejor los primeros meses allí.
Acabó el primer cuatrimestre y llegaron las vacaciones de navidad. Esperanza se fue a un pueblo de Jaén a pasar las fiestas con su familia y yo volví a Albacete.
El reencuentro con mis padres fue genial. Como no, mi madre había hecho todo tipo de comida para Nochebuena.

- Y bien, ¿qué tal por Sevilla? - me preguntó mi padre.
- Pues los primeros días fueron asquerosos pero bueno,conocí a alguien que lo hizo cambiar... - y así sin más, dejé caer la bomba.

Mi madre se quedó boquiabierta con la noticia. ¿Una novia para mí? ¡Que sorpresa!

- ¡No me lo puedo creer! ¿Cómo se llama? - me dijo mi hermano.
- Esperanza. - contesté.

Y así fue como les presenté a mis padres a la persona que me había complementado aquellos días.
Las vacaciones se pasaron volando y cuando me dí cuenta, ya estaba montado en el tren de vuelta a Sevilla.
Estaba ansioso por ver a Esperanza, llevaba unos días sin hablar con ella, por lo visto el móvil no le funcionaba bien. O eso pensaba.
Una vez allí, la llamé mil veces, pero no me contestó. 
El primer día de clase tampoco apareció. No sabía como reaccionar, ¿dónde se había metido?
Pasó una semana y media hasta que tuve noticias de ella. Durante las vacaciones hubo un temporal de frío en su pueblo y había tenido un accidente de coche. 
Esperanza estaba en la UCI muy grave.
Los ojos se me llenaron de lágrimas y, sin pensarlo, me dirigí hacia la estación de autobuses para ir hacia Jaén.
El viaje se hizo eterno. Pero allí estaba, en recepción preguntando por ella.
Pasé a verla y rompí a llorar. Tenía tantas cosas que compartir con ella, que contarle, tantos momentos que vivir...
Pero desafortunadamente, unos días más tarde, se fue. Volvía a estar solo.

- PI, PI, PI, PI, PI, PI - sonó la alarma.
- ¡Menos mal! Todo ha sido una pesadilla. - pensé.

Pero no, me desperté y solo vi gente en los sofás de la sala con gafas de sol y vestidos completamente de negro...
Me tocaba empezar de cero.

Jesús Espadas Alemañy.



Nueva historia

.... Hoy como todas las noches de domingo el abuelo contó esta historia a Jonás.

"Bruno una gran estrella que permanecía en el anonimato, que tenía una gran virtud. Porque él era mitad hombre, mitad humano. Con sus uñas podía quitarse granos, y con su poderío físico podía aguantar ese dolor; pero no todo era físico también tenía unas grandes dotes mentales como predecir su edad dentro de cuarenta años y si me apuras dentro de cuarenta y uno. Fiel acompañante de Freddy".

-¿Quién?- dijo el niño, que fue mirado por el abuelo con cierto desprecio antes de continuar.

"Freddy un renacuajo que no hablaba aun, aunque en realidad nadie espera que hablara ya que era una simple cría de rana que acompañaba a Bruno en una pecera. Algo diminuto está dispuesto a vivir grandes aventuras. En las mas oscuras y temibles tierras de esta sociedad que había dejado la pérdida del rumbo de ésta".

.... Y así comenzaría la trepidante aventura que gastaría las energías del abuelo contando como las del niño escuchando.

Esta historia está hecha para poderse leer de arriba a abajo o de abajo a arriba, aunque esta segunda sea algo mas complicada y menos "bonita" podríamos decir, espero que valores el trabajo que ha llevado hacer esto.

PD: Perdón por la tardanza, pero se me había olvidao subirla



Ángel Gómez Sáez  1ºCTC


martes, 1 de abril de 2014

EL FARO- HISTORIA DE UN RECUERDO

Sarah se despertó a medianoche, se colocó una flor en el pelo y fue directamente a la habitación de sus padres. Se sentó durante un buen rato en el lado de la cama donde dormía su papá.
Finalmente, él se despertó y le dijo:
—Sarah, ¿qué pasa? Aún es de noche.
—Tú solías contarme cómo el abuelo te llevaba hasta el faro en medio de la noche y ahora es medianoche, y creo que hoy deberías llevarme tú a mí.
Su padre siguió acostado durante un largo rato y por fin dijo:
—Sí, creo que hoy es la noche.
Se vistieron rápidamente, subieron al auto y salieron en dirección al faro. Todo estaba desierto. No circulaban autos y las luces de las calles hacían resplandecer la niebla del mar.
—Cuando el abuelo me llevaba al faro, no había luces en las calles, ni las panaderías permanecían abiertas durante la noche —le contó su papá.
—Seguro que el abuelo habría parado si alguna panadería hubiese estado abierta —dijo Sarah.
—Seguro que sí —dijo su papá.
Se detuvieron y entraron en una panadería. Compraron rosquillas y café. Eran los únicos clientes en toda la tienda.
—Cuando era pequeño, el abuelo solía darme a probar café, pero a mí siempre me sabía amargo —dijo el padre de Sarah.
Bebieron un poco de café recordando al abuelo. El café de papá estaba delicioso, pero el de Sarah sabía horrible. Condujeron hacia las afueras del pueblo hasta que llegaron al camino que llevaba al faro.
—El abuelo siempre decía que había que caminar hasta llegar al faro —dijo el papá de Sarah.
—Me parece bien —contestó Sarah.
Aparcaron el auto y emprendieron el camino entre la neblina. Se sentaron a descansar en lo alto de una roca mirando la playa y escucharon cómo las olas rompían contra los acantilados. Sarah terminó de comerse su rosquilla y su papá acabó el café.
—De todas las veces que vine con el abuelo —dijo el papá de Sarah—, nunca subimos a lo alto del faro. La puerta siempre estaba cerrada. Tratábamos de abrirla, pero permanecía cerrada con llave.
—Voy a intentarlo yo —dijo Sarah.
Se acercó, le dio vuelta al picaporte y la puerta se abrió. Sarah y su padre se quedaron mirando con emoción aquella puerta abierta.
— ¿Y ahora, qué? —preguntó Sarah.
—El abuelo hubiese subido —respondió el padre de Sarah.
—Subamos entonces —dijo Sarah.
Subieron por la escalera de caracol. Una vuelta, otra vuelta, otra vuelta, y más vueltas, hasta que por fin la luz del faro se reflejó en sus rostros.
—Puedo ver el infinito —dijo Sarah—. ¿Crees que el abuelo puede verme?
—No lo sé —le contestó su padre.
— ¿Podrá oírme? —preguntó Sarah. Y, sin esperar respuesta, gritó al viento:
— ¡ABUEEELOOO!
Y esperaron en silencio.
—No creo que te conteste —le dijo su padre.
Y en el silencio escucharon la sirena de la niebla y miraron la bruma y el mar. De repente, Sarah se quitó la flor que llevaba en el pelo, la misma que había guardado del funeral de su abuelo, y la lanzó lejos, al mar.
—Cuando sea grande y tenga un hijo, yo también lo traeré aquí una noche —dijo Sarah.
—Estoy seguro de que lo harás —le contestó su papá.
Y cubiertos de rocío, y envueltos en el olor a mar, regresaron a casa entre la niebla.
Fin.
  • AUTOR:
   El autor es Robert Munsch, un escritor canadiense (nacido en Estados Unidos) y ciudadano universalmente conocido por sus extraordinarios cuentos infantiles. Robert normalmente crea sus cuentos a partir de vivencias con los niños. No es raro que escriba un cuento inspirándose en una situación que vivió diez años atrás. Ha deleitado a miles de niños en su condición de cuenta cuentos y a millones con sus libros, de los cuales ha vendido más de treinta millones de copias. Por ejemplo "siempre te querre", "dame un beso" y  "el muchacho en la gaveta".
    
   Una de las características de sus cuentos es la exageración, algo que viene bastante bien con el mundo de fantasía en que viven los niños más pequeños. 
  • ELEMENTOS DE ESTA NARRACIÓN:

-Narrador: es una persona que no está en el cuento, está en tercera persona y es omnisciente ya que sabe todo sobre los personajes.

-Personajes: hay tres tipos de personajes: está el personaje principal que es Sarah, los secundarios que son el abuelo de Sarah y el padre y el terciario que es la madre; los cuatro son personajes planos. 

-Argumento: Sarah quería ir a ver el faro en medianoche ya que su padre siempre le contaba cómo el abuelo de Sarah lleva al faro a su padre.

-Espacio: es un espacio real ya que un faro se pone en la costa para orientar a los barcos.

-Tiempo: interno, el relato transcurre durante una noche
              externo, no dice cuando sucede.

-Estructura: 
     Planteamiento: Sarah se plantea ir al faro en medio de la noche con su padre.
     Nudo: cómo se preparan para ir.
     Desenlace: llegan al faro, donde descubren algo nuevo.
  El orden cronológico es lineal ya que no hace ningún salto en el tiempo.

-Estilo narrativo: es estilo indirecto porque pone verbos como: se despertó, se colocó...

-Características lingüísticas: predominan los verbos en pasado, pero en el diálogo también se usan algunos en presente. 
MARTA MARÍN RONCERO 1ºCTC














Narración propia.

Está oscuro, no consigo ver nada. Pestañeo un par de veces para intentar adaptarme a la oscuridad pero no sirve. El corazón me late tan fuerte que  noto como la sangre bombea  en mis oídos, lo demás todo es silencio. No sé si estoy sola ni como he llegado a donde quiera que esté, aunque medito que resultaría más aterrador, el hecho de estar sola o que haya alguien o algo conmigo. Descarto ambas ideas, tengo que salir de aquí, a pesar de no discernir si estoy encerrada o al aire libre. Hace un tiempo glacial y por primera vez desde que estoy en este siniestro lugar escucho algo, el viento soplando, eso hace que me de más frío y empiezo a tiritar. Estoy muerta de miedo y de frío, intento rememorar algo del pasado que me de una pista de por qué estoy aquí, pero no consigo recordar absolutamente nada, mi mente está tan vacía y negra como el lugar donde me encuentro. Sigo totalmente quieta, tengo el presentimiento de que si me muevo podría caerme, como si todo estuviera lleno de profundos barrancos, me agacho y toco el suelo, es liso, suave y frío, como el cristal. Me decido a dar un paso, luego otro y otro, al menos parece seguro pero no se a dónde dirigirme. Todo esto es muy desconcertante, “quiero volver” pienso para mis adentros, pero volver a dónde todo lo que yo pueda recordar está vacío y aparece en mí una intensa oleada de inseguridad, sin embargo  el miedo del principio desaparece poco a poco. No consigo recordar quién soy ni de dónde vengo, me siento fuera de lugar en todos los aspectos. Mis cavilaciones son interrumpidas por un grito que retumba en la penumbra. Es un grito horrible, de dolor inmenso que me corta la respiración y me para el corazón. Reconozco la voz. Es él, esta sufriendo, ¿que le están haciendo? Corro dirección al grito desesperada, ardo de rabia y temor por lo que le pueda estar pasando, a pesar de no poder ponerle nombre a la voz siento que tengo que protegerle. Otro grito. Esta vez más aterradoramente ensordecedor que el anterior y corro más deprisa, no hay forma de saber si voy en la dirección correcta, pero en mi mente no hay lugar para razonamientos, lo único que quiero es hacer cesar esos gritos, no soporto oírle así. Sigo corriendo y corriendo, el lugar donde estoy no parece tener fin y ansío encontrarle. Me mantengo con la respiración entrecortada y mi corazón se acelera con cada zancada, latiendo de manera desgarradora,  no aguanto un segundo más sin saber si está a salvo, de algún modo mi bienestar depende íntegramente del suyo. Lo necesito. Lo amo. Me paro en seco… lo amo. Otro grito, y, a pesar de que yo creía no poder correr más rápido de lo que lo estaba haciendo anteriormente salgo completamente disparada, ahora entendiendo el porqué esta necesidad de protegerlo, y surgen de mis ojos lágrimas de impotencia viendo que no puedo.


-Tranquila mi vida, despierta, sólo es un sueño.- me dice una dulce voz susurrándome al oído mientras me mece en sus brazos, es la voz del grito. Me despierto sobresaltada, mareada debido al ritmo de mi respiración, llorosa y con el corazón prácticamente saliéndose de mi pecho. Está bien, está conmigo, todo ha sido un mal sueño. Y por primera vez en lo que me parecen horas suelto todo el aire contenido. Está bien, está conmigo, me repito una y otra vez y le abrazo fuerte.

                                                                                      María Martínez García 1ºCTC

Nido de avispas- María José Martínez Requena


Nido de Avispas



 John Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. No obstante, su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír, mostrando entonces algo muy atractivo. Harrison amaba su jardín, cuya visión era inmejorable en aquel atardecer de agosto, soleado y lánguido. Las rosas lucían toda su belleza y los guisantes dulces perfumaban el aire. Un familiar chirrido hizo que Harrison volviese la cabeza a un lado. El asombro se reflejó en su semblante, pues la pulcra figura que avanzaba por el sendero era la que menos esperaba.
-¡Qué alegría! -exclamó Harrison-. ¡Si ees monsieur Poirot!
En efecto, allí estaba Hércules Poirot, el sagaz detective.



 Es un cuento de misterio escrito por  Agatha Christie.
 PERSONAJES: John Harrison, Hércules Poriot, Claude Langton, Moly Deane

Texto narrativo.

 Un accidente curioso

Kate se puso a pensar por qué parecía que los semáforos en rojo tardaban mucho más en cambiar cuando no había tráfico. Estaba parada y estaba tardando una eternidad. Era el primer caso de la mañana para la detective. Podía haber encendido la sirena para girar directamente a la izquierda, pero el crimen hacía tiempo que se había cometido, el forense ya estaba allí y el cadáver no iba a ir a ningún lado. Aprovechó la pausa para levantar la tapa del café y comprobar si aún estaba a una temperatura bebible. El plástico barato de color blanco crujió y acabó sosteniendo la mitad de la tapa mientras la otra mitad se quedaba sobre el vaso. Kate maldijo en voz alta. Justo cuando estaba a punto de beber un sorbo, desesperada por un chute de cafeína que disipara el sueño, oyó un claxon detrás de ella. El semáforo se había puesto finalmente en verde. Cómo no.
Mientras sujetaba con mano experta el vaso para que la inercia del giro no hiciera que el café rebosara por el borde y se le cayera encima de los dedos,Kate dobló a la izquierda. Acababa de enderezar el volante al pasar por delante de un café cuando un perro apareció de repente delante de ella. Kate frenó de golpe y el café se le derramó sobre las piernas empapándole la falda, pero a ella le preocupó más el perro.
Afortunadamente no lo había atropellado. De hecho, ni siquiera se había inmutado. El perro, un pequeño pastor alemán o un cruce de husky, permaneció descaradamente en medio de la calle delante de sus narices sin moverse, girando la cabeza para mirarla. Ella le sonrió y lo saludó con la mano. Pero, aun así, siguió allí plantado. Aquella mirada la estaba poniendo nerviosa. Era a la vez desafiante e impertinente. Los ojos siniestros, hundidos bajo unas oscuras cejas y un ceño fruncido, la estaban atravesando. Mientras lo observaba, vio algo más en el perro que no encajaba, como si en realidad no fuera un perro. Era demasiado pequeño para ser un pastor o un husky y el áspero pelaje estaba oscurecido por manchas grises. Además, tenía el hocico demasiado fino y afilado. Se parecía más a un zorro.

Alba Paricio Bautista 1ºCTC