viernes, 29 de abril de 2022

RELATO GANADOR DEL SEGUNDO PREMIO DEL CONCURSO LITERARIO DEL IES LEONARDO DA VINCI. lA GANADORA HA SIDO MARÍA MALLOR, DE 3º ESO-D

Blue, Purple and Red

8 de Mayo de 1998, Kabul (Afganistán) – 5:42

La luz suave y pálida inundaba la habitación que comparto con mis hermanas, anunciando la llegada del sol. Sentí un dolor agudo en el abdomen. Cuando me levanté me di cuenta: las manchas rojas habían vuelto.

Pensaba que estas no aparecerían este mes, al igual que el anterior, pero supongo que me equivocaba. Por suerte, no habían llegado a la alfombra, tan solo a mis prendas, las cuales estaban marcadas por las manchas rojas. Me cambié cuidadosamente para no despertar a nadie y con mi hiyab bien colocado, salí con un barreño para recoger agua, y así lavar las manchas rojas antes de que alguien las viera.

El doctor me había explicado que la ausencia de las manchas rojas podía deberse a mi alimentación. Tenía sentido, mi familia no tiene mucho dinero y, con las invasiones de los talibanes, la cosa está peor que nunca, la comida es escasa.

Mientras lavaba las prendas manchadas con rapidez, ya se empezaba a escuchar el despertar de la ciudad. Se podían oír coches militares pasar por la calle principal y algún que otro vendedor tempranero anunciando su mercancía.

Al terminar, preparé el desayuno de mis hermanas pequeñas: Sanaz(“única”), a quien mis padres habían llamado así por haber nacido con unos preciosos ojos verdes; y Nusheen, que en afgano significa dulce, por su gran sonrisa característica.

Un bollo de leche era lo que usualmente desayunamos en mi familia, ya que es barato y fácil de conseguir, aunque por desgracia, como todo, también está escaseando.

Lo más fácil y barato que puedes conseguir en el mercado hoy en día (y que sea asequible) son: la leche, los bollos de leche, los huevos, el queso y el agua.

También tengo un hermano mayor: Bahram, al cual mis padres añoran muchísimo. Él está trabajando con el ejército, defendiéndonos de los talibanes, aunque no con mucho éxito. No tenemos ninguna noticia de él, así que no podemos saber si está bien o sencillamente muerto.

6:24 a.m. Mis padres salen de su dormitorio y entran en la habitación donde mis hermanas duermen todavía, sin apenas notar mi presencia en el salón (¡y eso que la casa es pequeña!).

Mis hermanas salen de la habitación. La pequeña me da un abrazo a modo de saludo. Ambas cogen el bollo y lo devoran antes de que yo pueda lavarme la cara. Ellas preparan sus discretas mochilas para ir a la escuela.

“A las mujeres no se les permite ir a la escuela”, eso dicen los talibanes. Tienen normas muy absurdas y horribles a las que no encuentro sentido, como: “Una mujer no puede usar zapatos de tacón alto, ya que si un hombre la escucha caminar, podría excitarlo”, y lo mismo con la voz. Son cosas a las que las jóvenes no encontramos sentido, pero hay demasiado miedo como para incumplirlas. Con los ataques e invasiones de talibanes, hay de ellos por todas partes, mirando fijamente por donde vas.

Mis padres no comparten esa opinión, ellos quieren criar a mujeres cultas y listas para la vida real, y es por eso que mis hermanas y yo vamos a una escuela clandestina para mujeres, a las a fueras. Es difícil llegar hasta ella, pero merece la pena.

Cuando mis hermanas están listas, cogemos nuestras cosas y comenzamos a caminar.

En los trayectos de ida y vuelta a la escuela me gusta pensar sobre lo mucho que me gustaría vivir en otro país, donde hubiera paz y los niños pudieran ser más libres. Algún sitio como América o Europa.

Miro a Nusheen, quien mira al frente atenta, por si vemos algún grupo de talibanes. Ella cumplió los trece años en febrero (es 3 años menor que yo), y las manchas rojas acaban de aparecer en su vida. En nuestro país, las manchas rojas señalan que ya eres apta para casarte. Nosotras tenemos mucha suerte, por muy pobres que seamos, mi padre se reúsa a casarnos por conveniencia. Él quiere que encontremos el amor, como mamá y él. Por desgracia muchas compañeras de nuestra clase ya están siendo obligadas a casarse y por lo tanto, no vuelven a la escuela, ni siquiera salen de las casas de sus maridos. Es terrible.

La vida de una persona, está marcada por las tres manchas: azules moradas y rojas. De las manchas rojas ya he hablado, y es que estas son más escasas ya que solo las sufren las mujeres, mientras que las manchas azules y moradas, las padece todo el mundo.

La manchas azules y moradas aparecen desde los doce años hasta el momento en el que te cuerpo se queda frío, rígido y se convierte en comida para gusanos, y son aquellas manchas que conectan a los niños de todo el mundo, ya que nadie puede librarse, o más bien, escaparse de ellas.

Las manchas azules y moradas son aquellas que aparecen bajo los ojos, las cuales todos compartimos. Unas se ven más, otras menos. Todos los niños las tenemos, desde los que estamos en países de guerra como el mío, en el cual estén quizá más marcadas; a países donde reina la paz.

Estas son las manchas que en mi opinión, separan, o mejor dicho, diferencian a un adulto de un niño. En el momento en el que las manchas aparecen bajo tus ojos, un poco de inocencia se te ha sido arrebatada. 

Nusheen está preocupada por su amiga Laia. Sus padres están en una situación económica mucho peor que la nuestra, y sus padres se ven obligados a casarla con un hombre mucho mayor que ella para poder sobrevivir.

Todas las jóvenes de la clase sabemos que cualquier día podría ser el último en el que viéramos a Laia.

Me pregunto cómo sería esto en Europa. Aquí está normalizado el que nos obliguen a casarnos, igual que en la India. Envidio a los niños de Europa y América por haber nacido en un continente que se encuentra en paz.

Yo estoy intentando llegar a estudiar derecho, para ver si así puedo en un futuro ayudar a cambiar la situación en la que se encuentra mi país. Pero hay que ser sinceros, Afganistán no es un país en el que una mujer pueda hacer mucho (y eso es culpa de los Talibanes), pero con cambiar las cosas un poco me vale. Mi madre siempre lo dice: “A la paz no se puede llegar con una gran salto, hay que hacerlo en pequeños pasos”.

Al cabo de veinticinco minutos llegamos a las pequeñas construcciones marrones que se encontraban a las afueras de Kabul. En la entrada de una de ellas se encontraba sentado un hombre joven de nariz aguileña. Era el marido de nuestra profesora. Él defiende la enseñanza igualitaria, que es una de las cosas que esta guerra nos ha quitado. Entramos en la casa.

Al mirar a mis compañeras se puede notar en sus caras, en sus ojos, las manchas azules y moradas, y por su edad, sé que todas ellas sufren de manchas rojas

Es increíble que siga habiendo guerras cuando todos estamos marcados por las mismas manchas, sin que importe nuestra raza, procedencia o género. Que las disputas sean tan fáciles de empezar pero tan difíciles de acabar.

¿No somos al fin y al cabo todos iguales?

Marcados por manchas. Azules, moradas y rojas.

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